A la hora de mi partida de Lázaro Cárdenas, muchas cosas quedaron suspendidas en los hilos del tiempo. Las risas quedaron atrapadas en un eco infinito en las esquinas del patio y la ciudad de los focos muertos se despidió de mi con los destellos que las estrellas guardan para las personas que tienen el tiempo suficiente para admirarlas. Sabía que moriría virtualmente, me alejaría de los mensajeros instantáneos y volvería a aquellos tiempos en los que es difícil encontrarme por las razones de una vida suspendida llena de caminos escondidos. Una vez más, el inquilino que vive en la luna.
El llegar a una nueva ciudad fue para mi, como para la de la mayoría de las personas, una experiencia que uno jamás olvidará, por un lado están todas las voces de las personas que te apoyan en éstos nuevos pasos y siguen los sonidos que haz creado en el nuevo ambiente al que te enfrentas.
Guadalajara es una ciudad en donde el tiempo es algo valioso, todo el mundo está en constante movimiento y no tiene tiempo para muchas cosas. Adaptarme a las costumbres, los camiones con timbres y las estaciones de trenes es una de las partes interesantes en el paso de los días. Quizá lo más sorprendente de mi llegada ha sido la gran diferencia que existe entre la gente y la infraestructura, donde nosotros medimos la distancia en cuadras y los tapatíos lo hacen en tiempo.
Decidí escribir mi vida en Guadalajara, no como una bitácora formal, si no una odisea al puro estilo que me identifica, sin embargo, quise iniciar con un prólogo más estructurado.
Es aquí donde inician mis aventuras…
















Enhorabuena. Que tu vida en Guadalajara sea una experiencia como el Humble (no recuerdo bien si así se escribe) y no como el “boom” del Columbia.
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wooo!! o_0
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