Escribí este cuento, obvio, pensando en mí. Pensando en lo que me ocurrió una vez, dándole un toque de fantasía, esperando esperar que ésta durmiera junto a la realidad. El cuento se titula “Historia de un día”.
HISTORIA DE UN DÍA
Despiertas y observas tu reloj. Tu visión es mala en esos momentos, pero sabes que es la hora de prepararte. Las manecillas de tu reloj marcan la hora exacta y lo sabes aunque no lo puedas ver. El día anterior se ha borrado de tu memoria, no sabes cómo, nunca le has prestado atención. Tus ojos comienzan a adaptarse. Es tiempo suficiente, sabes con exactitud qué tienes que hacer.
Te levantas de la cama y encuentras el par de zapatos acomodados un día anterior, las calcetas, una playera y tu pantalón de mezclilla listos para servirte. Por extraño que lo parezca te encuentras aseado esperando el autobús que dará vuelta en escasos tres minutos, no uno ni dos sino tres exactos minutos. La calle se encuentra sola. No existen carros. Mejor para ti, el tráfico siempre te ha molestado. Cierras los ojos, crees que eso ayudará a que el tiempo avance más rápido. Al abrirlos nuevamente, te das cuenta de que pareciese que así ha sido, el camión está ahí y te subes con el dinero en la mano. Hay gente que usará tu misma ruta pero no les das importancia, ninguno de ellos es conocido para ti. Llegas por fin a tu destino y vuelve a tu mente aquél pensamiento.
Alguien te toca el hombro y volteas para encontrarte con el dueño de esa mano, te pide un borrador pero recuerdas que lo has olvidado. Él decide retirarse y dejar que continúes tu camino. Pero… ¿Sabes cómo llegar? Mencionan tu nombre y gritas presente. Es la segunda vez que lo hacen pero no lo escuchaste la primera vez. Es entonces cuando ella aparece. Tan exacta como el reloj de tu mano. Así es como desapareces del lugar en el que te encontrabas sentado buscando respuestas, preguntas, quejas o lo que sea, no lo sabes, pero al final no encuentras nada. Tu nerviosismo te delata y no puedes detenerte, lo intentas pero todo ha sido inútil. Quizá una sonrisa sea la solución. Mala idea. Pruebas con una mirada fija. Una vez más, no funciona. No sabes cómo pero te acercas y mueves con facilidad la boca. Es algo curioso, pero no escuchas tu voz, sin embargo todo parece indicar que ella si es capaz de escucharte. Una sonrisa brota de ella. ¿Lo he logrado?, te preguntas. Haz dicho algo, no tienes la menor idea de qué ha sido, la has hecho sonreír con el mayor de tus esfuerzos sin conocer tus propias palabras, pero lo hiciste y eso te tranquiliza un poco. ¿En serio hablaste? Por el momento eso ya no te importa. Una muchacha se acerca a ella y se la lleva, se despide de ti amablemente y tú solo observas cómo se aleja lentamente. No tienes la menor idea de lo que ha ocurrido, pero ocurrió o eso es lo que parece. Pasas lentamente tus manos por el rostro y recuerdas algo.
Ella es hermosa…y ¿tú?, en realidad no sabes quién eres, cómo eres, o siquiera dónde estás. Eres tú y punto. Pero sabes, o piensas, que ella busca a alguien con pasatiempos interesantes. Futbol, piensas. Pero recuerdas que pareciese que naciste con dos pies izquierdos. Karate, crees. Aunque las únicas veces que hiciste algo similar fue terminando tu maratón de películas de Steven Seagal. Entonces, ¿Qué habilidades tienes? ¿Armar un cubo de rubik? Sí claro, las mujeres se vuelven locas con eso. ¿Ser un excelente piloto de carreras? Lo malo, es que sólo virtualmente. ¡Exacto!, es ahora cuando te das cuenta de las cosas. Lo intentaste. Lo planeaste. Diste lo mejor de ti…o por lo menos así es como lo ves. Observas con detenimiento el reloj de tu mano, esperando a que las manecillas lleguen a su destino y marquen la llegada del autobús que te llevará lejos de ahí. Sólo faltan noventa y ocho segundos, veinticuatro minutos para llegar al lugar donde tendrás que bajarte y seguir caminando cuatro minutos para mirar nuevamente tu hogar. Tu reloj se detiene junto con todo a tu alrededor. El silencio gobierna y tú no te preocupas, tu mente está concentrada en otra cosa.
¿Pero qué hiciste mal?, te preguntas. Tu reloj marca que faltan Treinta y cuatro. Alguien te toca el hombro y mientras giras das aviso de tu situación, no tienes borrador. Pero nadie te está pidiendo un borrador, sólo te topas con una sonrisa. Es ella. Sientes cómo tu cuerpo se vuelve más lento y no puedes controlarlo. Ella te dice algo, pero aún dudas si es a ti a quien se dirige. Menos siete segundos. Si no estuvieses nervioso te darías cuenta de que sólo se encuentran ustedes dos en la parada del autobús y que el autobús se ha marchado por primera vez sin ti abordo. Eres muy gracioso, te dice sonriendo. Mientras tú tratas de descifrar la situación, ella toma tu mano y comienza a garabatear con su marcador. Se despide de ti y comienza a alejarse. Tú solo agitas la mano aún sin comprender nada. Lo haces aún cuando ya no hay rastros de ella. Recobras el sentido y observas tu mano. Ella dibujó una nueva manecilla en la cara de tu reloj, detenidamente observas que marca la hora indicada, cero segundos para que el autobús pase. Te alegras, alzas tu mirada y observas el camión con las puertas abiertas esperándote. Ahora tu cabeza está llena de un solo pensamiento.
















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