NH-91-339

Me encanta el humor negro, la forma en que en los cuentos puedes conocer a miles de personas, quizá ellos existen en mi universo, quizá sólo soy una ventana para que ellos puedan observarlos a ustedes… quizá. El siguiente cuento es uno de mis favoritos, me encanta mucho la gracia de éste personaje y siempre he tenido la idea de trabajar más con ése sentido del humor que tengo. El siguiente cuento se titula “NH-91-339″.

NH-91-339

Todo es blanco y Negro. Aquella máquina ha dejado de respirar. << Llegaré. Estaré ahí al medio día, Pancho >>. Eso me había dicho el patrón. No sé dónde diablos estoy. El pueblo está vacío, todo está cerrado y no hay teléfonos cerca. Nada de esto me gusta. Hay carros sin dueños. Prefiero conocer dueños sin carros. El silencio es pesado. ¿Cómo se llamaba el pueblo? Por más que quiero recordar, no logro visualizarlo en mi mente. Con todas mis fuerzas grito, con tal esfuerzo que lastimo mi garganta. No reconozco mi voz. Silencio. Malditas máquinas, maldito pueblo, maldito patrón. Me siento cerca de la puerta de un establecimiento, esperando esperar a que el tiempo se aburra, a que no piense en mí y me deje a solas un momento. << Es la mejor máquina, Pancho >>. Sí claro, la mejor para morir en el momento menos adecuado. Podría apostar a que fue hecha por esos chino-japoneses que trabajan por menos que el mínimo. No lo harían si tuviesen que estar horas y horas buscando los mejores plátanos, bajarlos y cargarlos en su espalda. Estar aquí, observando esos letreros, que para mí son lujosos, me recuerda a mi infancia. No, momento, ni siquiera recuerdo tener infancia. Me pongo de pie y busco “algo” en aquella colosal pero inservible máquina, chatarra mejor dicho. Encuentro un papel. No hay nada escrito, sólo la firma de mi patrón Don José. ¿Qué se supone que vine a hacer? << Llegaré. Estaré ahí al medio día, Pancho >>. Sólo recuerdo esas palabras del patrón. Miro mi reloj. Qué suerte la mía, tenemos otro muerto entre nosotros. Curioso. Todo en éste pueblo parece estar muerto. Me dirijo a uno de los carros sin dueño para tratar de encenderlo, por suerte éste tiene las llaves puestas. Trato de encenderlo, creo que mi teoría sobre la mortandad del pueblo es cierta. Vaya, me pierdo por sabe Dios cuantas horas y ya puedo crear teorías. Creo que pude tener un doctorado en mis manos. Doctor Pancho, dirían, baje aquellos plátanos por favor, sí claro. Me subo al techo del carro con las placas NH-91-339 y observo el cielo. Curioso, parece una pintura.

— Lo siento, Pancho. Llegué tarde — dijo Don José. Se agachó y colocó un ramo de rosas en la tumba de Pancho —. Lo siento.

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